
¿Qué hace que necesitemos a alguien ahí? ¿Qué zona del cerebro necesita llenarse de ternura? ¿Qué sustancia química dejamos de tener en nuestro cuerpo que nos produce ese síndrome de abstinencia?
Psicólogos, psiquiatras, neurólogos... tendrán miles de respuestas a cuál más falsa. Que si la reafirmación del yo ante un contacto íntimo con la realidad, que si los índices de dopamina, que si el recuerdo del calor y la humedad del vientre materno, que si el instinto de conservación de la especie, que si el dolor de huevos.
Por suerte la Humanidad (no sé si esa mayúscula sobra, no tengo ahora mismo ningún libro de estilo a mano, ni siquiera el del 'Diez minutos') actúa en su conjunto casi como un ser vivo y es capaz de solventar cualquier problema a través de alguno de sus elementos.
Para alguien nacido en los sesenta resolver de un plumazo temas como la liberación sexual, la necesidad de independencia, Heidi, la compra compulsiva, el espíritu de 'vuelta a la naturaleza' y el frikismo es todo un hallazgo.
¡Gracias Humanidad!
Y tú ven pacá Blanquita, entorna los ojos y di 'oooooooo'.
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