
Era una tarde preciosa, de esas primeras tardes de primavera en que la luz es diferente, el aire huele diferente y las mujeres que pasan por la calle parecen diferentes. Una tarde espléndida para pasear escuchando música suave, sentarse en una terraza a disfrutar de un café con hielo dejando el cerebro a medio gas y entornando los ojos para mirar hacia lo lejos o simplemente leer un buen libro en el silencio que se rompe solamente por el ruido de la brisa moviendo las ramas de los árboles.
Aquella tarde Cough salió de casa y se fue al dentista.
Había llegado el día en que se hacía la limpieza anual que se obligaba a realizar cada cinco años. El día mágico en que millones de momentos de humo y café desaparecían durante el milagro de la transformación del ocre amarillo en blanco. El día lejía.
Tras una espera sorprendentemente corta Cough se encontró sentado en lo que parecía un delirio de un masoquista. Sillón de simil-cuero beige, lámpara de quirófano, instrumental sacado de una película gore y, para compensar, un cuadro precioso ‘naif’ de una selva africana con sus chozas y sus palmeras, pero sin gente. Aquello le dio realmente miedo, los habitantes del poblado seguramente habrían huido huyendo de un peligro inimaginable.
La llegada de la dentista le pilló por sorpresa. La miró de arriba abajo. Una bata blanca que ocultaba cualquier forma, el pelo recogido en una cola y una mascarilla que sólo dejaba ver los ojos. Unos ojos dulcísimos, una promesa de cariño, de comprensión… cuando cogió el torno los ojos dejaron de tener importancia.
- Esto no te tiene que doler. Si te molesta mueve la mano y avísame.
Si los ojos eran dulces, la voz que se filtraba por la mascarilla era pura miel. Escuchar esa voz era como hacer el muerto en la playa mientras suena algo de Bach y te dicen que te ha tocado la Primitiva.
El sonido del instrumental era algo más inquietante.
Cuando el aparato ‘indoloro’ que emitía ultrasonidos para desprender la placa, a pesar de parecer un gancho de carnicero, alcanzó la encía el primer impulso de Cough fue convertirse en arma de destrucción masiva y arrasar el barrio hasta los cimientos a golpes. Pero instantáneamente algo le calmó. Mientras la dentista hacía su trabajo se acercó y apoyó sus pechos contra él.
La perplejidad le pudo. ¿Le estaban tirando los tejos? ¿Era necesaria esa proximidad? El momento en que la sangre le empezó a escurrir por la barbilla le pasó desapercibido, estaba demasiado ocupado pensando en el sacrificio de renunciar al espacio personal que había conseguido a cambio de ternura. Mientras tanto el limpiador había sido sustituido por algo parecido a un Vaporetta llena de bicarbonato.
- Esto te blanqueará los dientes.
Daba igual que cuando el chorro le alcanzara la lengua le picara hasta un nivel apenas soportable, daba igual tener que abrir las mandíbulas hasta desencajarlas, el próximo roce de esos pezones era una promesa, la cercanía era una esperanza mayor que el dolor. Estar tan cerca de una mujer lleno de esperanza pero sufriendo era muy parecido a una relación de pareja.
Un cuarto de hora después Cough estaba delante de la recepcionista con la cartera abierta. 50 euros.
Cough sacó el billete y lo puso sobre el mostrador. Al salir de la clínica no pudo evitar pensar en cómo sería ir al Scáncalo.