Desde mi casa no tengo buenas vistas, no veo el mar, ni el campo, de hecho ni siquiera una triste calle. Sólo bloques y más bloques, como cajas que, supongo, están llenas de personas, cada una con su historia, la mayoría sin ella.
No soy mucho de mirar ventanas salvo que haya vecinas y tangas, y la época no acompaña: estufas y mantas liadas a la cabeza, habrá que eperar unos meses, al menos no habrá estufas.
Pero hoy he entrado a mi dormitorio a oscuras, no porque esté ahorrando energía sino porque se me ha fundido la bombilla y algo me ha llamado la atención. Lo llevo viendo ya varios días pero como que no terminaba de llegarme al cerebro, ha sido como un martillazo. En el edificio de enfrente, tras unas cortinas, se ven luces. Luces parpadeantes de colores. Sí. Un árbol de Navidad.
Estamos ya a 22 de enero, la Navidad ha sido sustituída por una cuesta que durará un par de años y alguien tiene aún un árbol con las luces encendidas. Quisiera pensar que pertenece a una maciza sin compromisos y con cerebro, ilusionada con lo que le depara el futuro, ataviada con un camisón transparente y que se dedica a lanzar señales luminosas en morse buscando un sentido a su vida. Pero no, he medido la frecuencia de los destellos y es el típico ritmo de las bombillitas compradas en un chino cualquiera.
Seguramente el inquilino sea un tío cervecero demasiado flojo como para desmontar el árbol y que se dedica a encenderlo por la noche por si acaso las bombillas provocan un incendio y le ahorran años de rellenar momentos vacíos con más momentos vacíos.
Pero igual no.
Podría ser una persona que este año decidió celebrar la Navidad después de mucho tiempo sin tener nada que celebrar. Que fue al Corte Inglés a buscarse el árbol más caro de la planta, seguramente del mundo, porque había decidido que las cosas iban a cambiar y la única manera de enfrentarse al futuro era con esperanza. Que buscó cuidadosamente los adornos más espectaculares, más entrañables, las guirnaldas más navideñas, las luces más cálidas. Luego lo montó en su casa con el alma en vilo, disfrutando cada caja abierta, cada gesto, cada detalle. Dando un par de pasos atrás cada dos por tres para que la belleza de lo que estaba creando le llenara mientras lo hacía, nervioso como un crío en la noche de Reyes.
Y en uno de esos paseos hacia atrás, tropezó, quizás tenía un perro, pequeñito, de esos que acompañan sin molestar demasiado. El perro aulló, el intentó no pisarle demasiado fuerte, se cayó. Su cuello golpeó contra la mesa de la salita, pero nadie escuchó el 'crack', era día de fútbol y los vecinos estaban demasiado atareados desgañitándose por lo mamón que podía llegar a ser un tío con un silbato.
No murió. Simplemente no podía moverse, sus brazos, sus piernas, su cuerpo, se habían divorciado de su cerebro en un momento. Al menos las luces parpadeaban, daban calor.
Comenzó a gritar, pero ¿quién escucha los gritos?.
Los días pasaron, el sol iba y venía, el hambre dejó de ser un problema para dejar paso a la sed. Escuchaba mordisqueos, su perro se le acercó a la cara con el hocico tintado de rojo y meneando la cola.
Intentó no volver a abrir los ojos.
Aún veo las luces del árbol.