





Coño, que no. Que tengo sofá nuevo. Y sí, cualquiera pensará que soy comprador compulsivo pero no es eso, es que me falta de tó. Sobre todo ahora que se acerca el verano y mi casa se me llena.
Y no es que me sobre el dinero, pero hace algunos meses un fallo técnico de las cabezas pensantes me dio la oportunidad de ilustrar un cuento. Y pensé que mejor que pulírmelo en el Escándalo arreglaba un poco la casa. El erial.
Y eso, que a partir de ahora veo la tele más repantingao que que un galipo en un bordillo.
Aunque fumar sobre él me da mal rollo, preveo las quemaduras. Bueno, son un par de telediarios.

A veces consigo soltarme y dibujar casi sin pensar, a toda velocidad. Usando el lapiz de lado para manchar y haciendo rayas sin ton ni son. Comienzo marcando cuatro zonas de sombras y algunos perfiles y luego voy definiendo y rectificando cosas.
De vez en cuando me paro y me alejo para verlo mejor. Me gusta ver cómo la imagen va surgiendo, casi como si no la estuviese haciendo yo.
Y mira que lo miro veces, lo observo con detenimiento, a menudo estoy más rato mirando que dibujando. Pero no me fijo de verdad hasta que lo he terminado. Entonces le saco todos los defectos del mundo, veo todos los errores y no entiendo por qué no me he dado cuenta antes.
No se parece en nada, bueno quizás los ojos sí, pero la boca está fatal. Aunque al menos parece japonés.



Tampoco es que sean dibujos de ahora, pero son lo suficientemente recientes como para que los haya visto demasiada gente. Para quienes se fijen en estas cosas es verdad que no aparecen caras (no por nada, es que me salen fatal), intento centrarme en detalles del cuerpo, en efectos de luces y sombras (que ahí domino y despisto tela). Pero en serio, me pierdo en los detalles, las curvas, los pliegues, al final iré tanto a la forma que me volveré abstracto.


